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miércoles, 2 de diciembre de 2009

El sueño de Ulises

Ulises es un niño de salud delicada. Su padre dice que es un niño especial, puesto que no todos los niños pueden pasar tanto tiempo en la cama como él. Pasa mucho tiempo jugando con la consola, viendo los dibujos animados en la televisión, o leyendo.

El otro día, mientras dormía, soño que era un astronauta. Fue un sueño fantástico, incluso aterrizó en la Luna y estuvo un rato paseando por ella; eso fue antes de que su padre le despertara.

Ulises es un niño que sueña mucho. Sueña dormido. Y también sueña despierto. El otro día, mientras hablaba con su padre, soñaba que era un cazador persiguiendo una fiera peligrosa. Inicialmente, su padre se enfadó al ver que no prestaba atención; pero cuando Ulises le explicó su sueño, el padre se transformó en una pantera y se dedicó a perseguirle por la cama. Le arañaba suavemente, le masajeaba y le hacía muchas cosquillas; sobretodo cosquillas.



Al día siguiente Ulises volvió a soñar, despierto, que era un aviador de la Primera Guerra Mundial; era un piloto muy conocido y, a bordo de su avioneta, eliminaba a todos sus enemigos. Su padre, que casualmente entraba en la habitación, se cayó estrepitosamente al suelo cuando recibió una ráfaga de su ametralladora. Y faltó muy poco para que el desayuno de Ulises, una bandeja con un gran tazón de cereales, un zumo de naranja y un bizcocho de chocolate, no acabase también en el precipicio que representaba el suelo.

Continuará (?)

Mi cuentacuentos favorito (RNE): Cuentos para Ulises.


martes, 25 de agosto de 2009

Tres lecturas recomendadas para refrescar el verano


Como veo que los días van pasando y no soy capaz de hacer ninguna aportación original, propongo para los que tienen tiempo libre y perfil de ratón de biblioteca las siguientes tres lecturas (lamentablemente no recuerdo los ISBN, ni editoriales, ni año de edición; pero si tengo en mente el grato recuerdo que me dejaron):
Los dos primeros libros mencionados son colecciones de cuentos que no defraudarán. El último libro, una novela para el público infantil/juvenil (¡y adulto!), es uno de mis favoritos, y seguro que no decepcionará. Es interesante comprobar que hay más información sobre el autor en la Wikipedia en alemán que en ninguna otra lengua (quizás porque uno de los temas que trata indirectamente el libro es el holocausto perpetrado por los nazis en la Segunda Guerra Mundial).

No están en los listados recomendados habitualmente por las bibliotecas, pero ya me dirán.

domingo, 16 de agosto de 2009

¿Quién mató a la SGAE? Fuente Ovejuna, señor; todos a una.

- ¿Quién mató a la SGAE? Fuente Ovejuna, señor.
- ¿Quién es Fuente Ovejuna? Todos a una, señor.

Esta semana la SGAE está que se sale, primero fue Zalamea y, ahora, le toca el turno a Fuente Obejuna. No se sabe si la SGAE pretende cobrar por un texto escrito hace ya casi quinientos años, o por la famosa frase de marras cuyo dueño no parece ser Lope de Vega.

La SGAE me recuerda a ese Comendador en las formas y sus tejemanejes. Cada cierto tiempo, la humanidad necesita del espíritu redentor del fuego para purgar sus pulsiones y pasiones desaforadas. Estoy en contra de la violencia, pero con la SGAE, el software privativo, el liberalismo/capitalismo deshumanizado, los gobernantes y sus opositores actuales, el conflicto de Israel y Palestina, todos los nacionalismos excluyentes, el machismo, el feminismo, la sociedad occidental, la sociedad oriental, el mundo árabe, los principios de Jesucristo según la versión oficial, los principios de Mahoma según la versión talibán, a todo el que se atreva a ponerse una etiqueta y defender sólo esa determinada forma de pensar, a todos ellos: ¡Quemadlos a todos! Porque todos me sobran.

Si el hombre es la medida de todas las cosas, cada vez tiene menos que medir. Bienvenidos a la era del homo minus.

Fuente: La Vanguardia, esta semana, artículos publicados sobre Zalamea y Fuente Obejuna.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Cuarenta cajas


XXXIII CONCURS LITERARI DE NARRACIÓ CURTA de Sant Hilari Sacalm. José de Eiximenys. 20/03/2009.

Son las siete treinta de la mañana de un precioso domingo. Estoy fumando un cigarrillo en el patio exterior de un centro de alquiler de trasteros. No hay nadie más a la vista, exceptuando al guardia que me ha saludado al abrir la barrera. Aunque se aprecia a simple vista que el hombre está aburrido y deseando iniciar conversación con alguien, lo sé porque no deja de mirar desde la caseta cada treinta segundos pese a estar leyendo un libro, no se atreve a salir de aquélla; hace un frío incisivo de febrero.

Tras dar la última calada y hacer el preceptivo lanzamiento de cigarrillo al suelo con pisada incluida, me dispongo a trabajar un poco. Dejo abierta la puerta de atrás de mi monovolumen recién aparcado en el muelle de carga, voy a buscar uno de los carretones plegables que hay en el muelle; sobre la marcha modifico mi idea inicial y me decanto por una carretilla con su pertinente palé; en cinco minutos tengo diez cajas encima del palé de madera convenientemente dispuestas en dos alturas, en un lado tres cajas en horizontal y en el otro dos en transversal respecto de las tres primeras, y encima la misma disposición a la inversa para impedir una caída fortuita debida a movimientos bruscos; diez minutos más tarde, tras haber colocado perfectamente las diez cajas en el trastero recientemente alquilado, vuelvo a por las diez cajas restantes de la furgoneta.

A las ocho y cinco, fumo otro cigarrillo en el muelle de carga, le doy solo dos caladas y lo tiro; cojo el coche, me despido del vigilante con un asentimiento de cabeza, al cual éste responde con idéntico gesto, y me dirijo hacia mi todavía casa a buscar el resto de enseres. Cargo las veinte cajas restantes que había estado preparando este fin de semana; pongo con cuidado en lo alto de éstas lo que no he podido empaquetar: tres maletas con ropa para una semana, una bolsa de deporte con productos de baño, el cabecero de polipiel de la cama, tres cuadros pintados en mi tierna infancia y una litografía gótica dibujada por Bill Sienkiewicz y comprada en Internet, que tuvo la cortesía de dedicarme luego, de su puño y letra, en el Salón del Cómic de Lucca, Italia, guardada con esmero en un tubo metálico de dibujante, una escalera de mano y mi vieja bolsa de palos de golf, una pelota de fútbol y otra de baloncesto, y unos patines.

Mi casa está a escasos diez minutos del negocio de trasteros, por lo que a las nueve ya estoy otra vez ante la caseta del vigilante. Esta vez tenemos una pequeña conversación a través de nuestras respectivas ventanillas abiertas. Hablamos del frío que hace y del buen día para comer calçots, tomo nota mentalmente para bajar a Valls, a comerlos, si puedo, la semana que viene; le pregunto si puedo dejar el coche aparcado en el muelle mientras voy a desayunar a un pequeño bar que hay enfrente y el hombre asiente. En última instancia me decido a aparcarlo correctamente en una de las plazas laterales junto al muelle de carga, no quiero ocasionarle ningún problema si algún encargado se presenta y lo amonesta por mi aparcamiento improcedente.

Vuelvo a pasar junto a la caseta y le pregunto amablemente si quiere que le traiga algo del bar; a lo que responde que no, que gracias, que dentro de media hora cambia el turno, y que desayunará entonces con su familia. El bar está casi vacío todavía, dos parroquianos tomando café en la barra y dos parejas de jubilados comiendo chocolate con churros en una mesa del fondo. Me siento cerca de la ventana, con mi coche a la vista, y me dispongo a pedir un refresco de cola, en lata, y un bocadillo de lomo, el pan sin tomate. Para cuando he acabado con el tentempié, observo que el vigilante está dando las novedades a su sustituto. Les veo mirar una vez en dirección al bar, lo que debe significar que le está notificando mi presencia en el exterior de las instalaciones. Me tomo un cortado, pago mis seis euros por un desayuno que estaba buenísimo, pero que hace escasos seis años no llegaba a las quinientas pesetas. A las nueve y treinta y cinco abandono el bar, un grupo numeroso de ciclistas se dispone a asaltarlo, cuento doce bicicletas, ocho ciclistas varones y cuatro ciclistas hembras, y cruzo la calle en dirección al almacén.

Al saludar al nuevo vigilante, éste se limita a arquear las cejas; debe tener unos veinte años y se nota que empalma la jornada con una noche de fiesta.Vuelvo a aparcar el coche delante del muelle de carga, y vuelvo a coger el mismo transpalé. Sigo siendo el único cliente a estas horas. Media hora después ya tengo todas mis pertenencias en mi trastero. Vuelvo a sacar alguna de las cajas al pasillo para poder almacenarlo todo eficientemente y de una forma inteligible. Previamente tomé la precaución de etiquetar las cajas con una descripción somera del contenido; incluso tengo una pequeña hoja manuscrita que volcaré más tarde al ordenador con dicha descripción. Me dispongo a dibujar un pequeño croquis con la señalización exacta de la ubicación de las cajas en el trastero según las ordeno.

En total he guardado treinta y ocho cajas, he dejado dos cajas con discos compactos y dvds en el coche para llevarme junto con las maletas, los cuadros y la litografía. He distribuido las cajas de la siguiente manera: las doce cajas de libros apiladas en la parte inferior de la estancia, de izquierda a derecha y apoyadas contra la pared del fondo, libros del colegio, libros de la universidad, apuntes de la universidad y del colegio, manuales varios, enciclopedia y diccionarios, libros de informática, cómics, revistas de información general – Muy Interesante, National Geographic, El Mueble -, libros de poesía y ensayo, narrativa variada, y material de oficina; encima he colocado cajas diversas; dos cajas con las medallas y copas ganadas en balonmano y otros deportes; tres cajas más de música, en vinilo, y vídeos, en formato VHS; cinco cajas de utensilios de cocina y menaje de la casa, compuestas por una maleta de cubertería por estrenar, platos y vasos de un banco, ollas y sartenes de otro, jarrones varios y alguna estatuilla de Lladró envuelta en mucho papel de periódico; dos cajas con fotos y correspondencia diversa, notificaciones del banco y recibos varios pendientes de archivar; tres cajas más con cinco archivadores de cartón en el interior - de cada una -, repletos con todo tipo de información desglosada convenientemente, ocio, cultura, bancos, casa, seguros, recibos, etcétera; siete cajas más con ropa bien plegada, pantalones, camisas, jerseys, ropa interior, ropa de deporte, trajes, chaquetas, y demás; y cuatro más con material diverso que no requiere siquiera una etiqueta, junto con el vídeo, equipo de música y reproductor de dvds.Hago un rápido recuento para comprobar que no me he dejado nada: libros abajo, lo más pesado, junto con los reproductores; zona intermedia con multimedia, cocina, archivadores; y en la parte superior, en cajas de cincuenta por cincuenta por cincuenta, la ropa. He dejado un espacio en un lateral para la escalera y el cabecero.

Todo está bien puesto y ordenado en el trastero, sobre dos palés de madera, no vaya a ser que se inunde el suelo – harto improbable -, una pequeña habitación rectangular de dos metros y medio de ancho por dos de fondo, cinco metros cuadrados justos. Me sobra justamente el metro cuadrado de la entrada para abrir la puerta y me siento momentáneamente en el espacio ocupado por una mesa redonda de exterior con seis sillas que traje ayer sábado, junto con el televisor de pantalla panorámica del comedor y el equipo informático, al contratar el servicio. Encima de la mesa coloco las dieciete cajas sin montar que me han sobrado, de medida de treinta y seis por cuarenta y cinco, y por treinta; salía más económico comprar cincuenta cajas que las treinta y poco que había (mal) calculado utilizar.

Modifico el código de acceso que me dieron al suscribir el servicio, pongo como contraseña la fecha de nacimiento de mi tercera hija, leída del revés. Salgo al patio, coloco la carretilla en su sitio, y me fumo el último cigarrillo del día; sólo me concedo dos al día, hasta un máximo de diez por semana, hoy he superado los dos cupos. A las once en punto, abandono el gran almacén de vuelta a casa. Toco el claxon y el vigilante adormilado me levanta la barrera.

Llamo por teléfono, tal y como había acordado, al comprador que llegará en breves instantes a llevarse todo el mobiliario restante de la casa. Mientras llega, calculo que aún tendré tiempo de cargar en mi vehículo las bolsas con comida y productos de limpieza. Mañana debo entregar, sin falta, las llaves al banco, ante la imposibilidad de hacer frente a los pagos de la hipoteca y su negativa a aplazar la deuda.Con un poco de suerte habremos cargado todos los muebles en el camión para las dos de la tarde.

Luego cogeré el coche hasta Vic y comeré con Alicia y las niñas; las he mandado el fin de semana a casa de mis suegros; aún no sé cómo voy a explicárselo, a mi mujer y a mis hijas, me quedan cuatro horas.

Calella, un jueves por la tarde con once grados Celsius de temperatura, a 12 de febrero del 2009.

martes, 4 de agosto de 2009

1984 ya ha llegado. ¿Quién vigila a los vigilantes?


"Todas las personas somos iguales, pero algunas personas son más iguales que otras", parafraseando a Orwell.


La historia la escriben los ganadores, y las sátiras políticas de George Orwell no son del agrado de los que tienen la sartén por el mango.

A través de la red dejamos múltiples huellas de nuestra identidad real, nuestro nombre, edad, aficiones, marcas de referencia, listado de nuestras amistades, teléfonos, e-mails, contraseñas virtuales similares a las que utilizamos en el mundo físico (analógico).

Nos esforzamos en completar un perfil de Facebook, Google, Twitter, MSN Messenger, y muchos más, para contactar con nuestros amigos, familiares y conocidos. Exponemos tranquilamente que esta semana no estaremos en casa, pues nos vamos de viaje a Nueva Zelanda; y al instante, nuestros amigos, y los amigos de nuestros amigos, y los conocidos de los amigos de nuestros amigos, saben que nuestra casa estará vacía, disponible para el asalto de los malhechores. Pese a lo que muchos argumentan en contra del "software libre", la red fomentada por el "software privativo" si que es viral y de consecuencias nefastas en algunos casos, hasta 5.580 veces perjudicial en algún caso concreto.

Compramos un ebook, libro digital, donde podemos coleccionar cientos de obras en un solo volumen, hacer anotaciones, incluso escuchar verbalmente el texto (para no cansar nuestra vista). ¡Qué gran invento la tecnología! Y poco tiempo después descubrimos que el ebook no es enteramente nuestro, que los libros almacenados tampoco son enteramente nuestros, quizás incluso el F.B.I. nos tiene fichados por haber comprado/leído "El guardián entre el centeno", de Salinger.

Enciendes tu sistema operativo MSN Windows y tarda una eternidad en abrirse, y otro tanto al cerrarse; ¿qué se supone que está haciendo, si no hay ninguna aplicación abierta?, ¿porqué descarga actualizaciones, si desde el inicio de sesión he expresado claramente que no quiero actualizar más el sistema?, ¿se ralentiza el ordenador, porque están disponiendo de él, desde el exterior, las grandes multinaciones de la informática y la "ultramegatecnología"?

Llamas a la Telefónica de turno, para comentarles que tu abuela recibe llamadas a deshoras, tiene casi cien años, e incluso ha llegado a hablar con una voz electrónica, que si pueden ponerla en la lista robinson (o cómo se llame) para que no reciba inoportunas llamadas en horario intempestivo, y no tenga que correr por el pasillo creyendo que la llaman sus hijos o sus nietos, no se nos vaya a caer. Te comentan que lo pidas por escrito, y dices que no, que igual que contratas su servicio por teléfono pues también gestionas ese servicio por telefóno; pues no existe el departamento de quejas que usted pide, te contesta la telefonista latinoamericana desde Cuba, Perú, o Argentina, vaya usted a saber; pues puestos a escribir, déme hora para entregar mi queja por escrito y personalmente al sr. César Alierta; ¿quién es ese señor?, te preguntan, pues quién va a ser, tu jefe, les contestas; finalmente encuentras en la web de la famosa empresa, el departamento de Defensa al Cliente, que escondidito está, y, estos si te responden, dos o tres semanas después, que existe un teléfono gratuito para impedir que te molesten, corrijo, que molesten a tu abuelita. Soy cliente de "Timofónica" de toda la vida, nunca he cambiado de compañía, y cada vez que pienso cambiar me asusta el metalenguaje jurídico de las ofertas de la competencia; tanto por establecimiento de llamada, si estás a tres metros de distancia, tanto otro, si estás a cuatro metros y tu interlocutor es de otra compañía, tanto más, si eres de dicha compañía, tanto menos, si vienes de la competencia. Pensándolo bien, el sector de las Telecomunicaciones españolas apesta. Ésta es mi valoración para la compañía que me trata más como a un proveedor que como a un cliente: ¡CERO PATATERO! ¡Esto es verídico, ojalá fuese una fábula!

Si escucho una canción en mi coche, ¿debo facturarle un porcentaje al copiloto y demás acompañantes para poder pagar el cánon de la SGAE?, ¿por qué debo ayudar al cine español, si estoy en paro y, a mí, nadie me subvenciona?, ¿porqué pagar un canon, si no utilizo los soportes para almacenar nada relacionado con la citada asociación?


Por una vez, voy a darle la razón a la sociedad capitalista en que vivimos, tienen razón, somos tontos y nos merecemos que nos traten como a una ... No tenemos derecho a quejarnos, porque somos menos que ellos. Por lo que a mi respecta, puesto que sólo poseo el derecho sobre mi dinero (no lo tengo tan claro, creo que yo lo cobro pero en realidad pertenece a la Banca y Hacienda), no pienso gastarme un duro en ebooks, móviles, ordenadores, programas informáticos, películas, música que no me pertenezcan, que no pueda regrabar en otros soportes (como medida de seguridad), que tenga fecha de caducidad, que ... [añade cualquier cosa que te disguste]. Y no pienso comprarme ningún soporte para piratear sus películas, o su música, como otros si hacen, que se lo confiten todo; ¿quién quiere perder su tiempo con algo que destila corrupción por todos los poros?

¿En cuánto a la red de redes, mucho cuidado, el Gran Hermano (y sus acólitos) nos vigila(n) atentamente?

No dejes que nos quiten nuestros derechos, da tu apoyo a cualquier iniciativa que prime por el bien de la comunidad, en vez de esa falsa seguridad que nos quieren vender. Ha llegado el momento de cambiar, para que nada cambie (¡sic!).

[Versió en català]

Fuentes:

miércoles, 29 de julio de 2009

Alea jacta est


¡La suerte está echada! Durante años he sido un voraz lector de todo tipo de literatura: infantil, juvenil, policíaca, best-sellers, ciencia-ficción, ...; en inglés, catalán o castellano, lo mismo daba.

Si bien la poesía, biografías e historia siempre se me han resistido. Creo que ha llegado la hora de aportar mi granito a nuestra pequeña aldea global.

Saludos a todos,
La crisálida.